El 23 de septiembre se ha celebrado una esperada cumbre europea sobre políticas migratorias. Los ilusos aun creyentes de que el proyecto europeo va asociado indisolublemente al respeto a los derechos humanos y a la solidaridad mas allá del mercado como nexo de unión frente a los populismos nacionalistas hemos visto cómo, una vez más, los acuerdos se alcanzan sobre unos mínimos que satisfacen sólo a los más reacios a avanzar en esos valores europeos, ante la debilidad y — ¿por qué no decirlo?— cobardía de aquellos de los que se supone una mejor defensa de esos valores.

Si esperábamos que se superara el esquema del Acuerdo de Dublín II, trampa burda para los países del sur, (no podemos entender cómo se llegó a admitir en su día), que obliga a cada país de entrada de solicitantes de asilo a asumir las solicitudes y la acogida (lo que deja las manos cómodamente libres a los países del norte), nos encontramos con que no sólo no se reforma ese pervertido sistema, sino que se vuelve a las “cuotas voluntarias” de acogida de refugiados. Y todos sabemos la falta de voluntariedad de casi todos, que ante cuotas obligatorias en 2015 se limitaron a no cumplirlas.

Si esperábamos una mayor apertura ante las ya acuciantes necesidades demográficas de una Europa envejecida, la respuesta es mayor cerrazón de la fortaleza, mayor represión y mayor inmigración, los tres ejes que sin duda, y sin hipocresías, son el único lenguaje que entienden nuestros dirigentes europeos. Un endurecimiento anunciado de la bien llamada Directiva de la Vergüenza se une a la novedad de la cumbre, que es que el que no cumpla con la solidaridad pueda compensarlo pagando por mayor represión. Las palabras precisas desnudan el hipócrita lenguaje diplomático, y desvela la descarnada verdad de una Europa pusilánime y acobardada.

Acobardada sobre todo ante los países del grupo de Visegrado, que se han integrado en la Unión pensando y practicando la política de que se puede estar dentro sólo para lo que les conviene o creen que les conviene. Mientras el resto no asuma una postura valiente ante estos países dominados por el populismo nacionalista de raíz neofascista: Polonia, Hungría, Chequia, y les apliquen sanciones duras o el camino de salida por no cumplir con los valores fundacionales europeos, no será posible una política común más allá de la chapuza que hoy nos han presentado. Pero con crecientes tentaciones en Austria, Holanda, Italia, Francia, la propia España, parece que el resto de dirigentes, mirando más a los electores internos, ni se atreven ni son capaces de poner las luces largas, para ver que más allá del campo de las cortas espera un abismo.

 

Francisco Solans Puyuelo
Vicepresidente y Portavoz de la Asociación de Abogados Extranjeristas